Estimado amigos:
Voy a dedicar estas líneas a los desafortunados comentarios del Presidente de la República Francesa, Jacques Chirac, en un libro de entrevistas, en el que afirmaba que habían sido los vikingos quienes descubrieron América, y que los españoles sólo la habían destruido, negándose, por tanto, a tomar parte en las conmemoraciones de la Hispanidad. Sobre esto tengo cuatro cosas que decir:
1.- Ciertamente, nada de lo hecho en el s. XVI se hizo con arreglo a los Derechos Humanos. El s. XVI europeo es un período de guerras de religión y de caza de brujas, y miles y miles de personas fueron torturadas y asesinadas por cuestiones de fe o superstición. En el caso de España, donde los brotes protestantes fueron rápidamente eliminados cuando aún contaban con pocos miembros, y donde la Inquisición no creía en brujas (manifestándose más civilizada que sus homólogos europeos), fueron judíos y moriscos quienes llenaron mazmorras, galeras y hogueras. No seré yo, por tanto, quien niegue que los mismos hombres que lucharon en Granada e Italia, al ir a América destruyeron una serie de interesantísimas civilizaciones (con costumbres tan humanitarias como arrancarle el corazón a la gente, esclavizarla y comérsela, pero eso es otra historia; gracias de todas formas, Mel Gibson), causando la muerte de millones de personas en enfrentamientos, esclavizándolas en las minas, o transmitiéndoles enfermedades antes desconocidas en el nuevo continente. España hizo esto, sí, cuando nadie respetaba el derecho a la vida y libertad de las personas. Aunque también podríamos apuntar que Francia, siglo y medio después de concebir la Declaración de los Derechos del Hombre y del ciudadano, y pocos años después de firmar la Carta de las Naciones Unidas y los Derechos Humanos, torturó y asesinó a un cuarto de millón de personas que luchaban por su libertad e independencia en Argelia, concibieron unos salvajes métodos de interrogatorio contraterrorista que posteriormente exportaron a las dictaduras latinoamericanas (por cierto, el concepto de América Latina es una invención francesa para anular “Hispanoamérica”, y de alguna manera meterse ellos en el ajo)
2.- Pero, a estas alturas de la película, lo de que los vikingos descubrieron América (que una cosa es llegar a un sitio, y otra es abrir una ruta para todo el mundo y cambiar la historia de un continente) es una boutade digna del Código da Vinci: Y negar el hecho de que los viajes de Colón, la apertura de las rutas atlánticas hacia el Oeste y el Tratado de Tordesillas, supuso uno de los hechos que más cambiaron la Historia mundial, alterando radicalmente la evolución de un continente entero, para bien o para mal, negar esto, continúo, supone un acto de envidia histórica como colmo de la ignorancia.
3.- A veces, un gobernante, cuando tiene muchos años (sin llegar a usar la expresión “demencia senil”, como hizo el alcalde de Palos, Huelva, del PP) y, sobre todo, cuando está con el agua al cuello a nivel nacional, internacional, y de su propio partido (ese Sarko), pues dice cosas poco finas. Es comprensible, aunque no tiene por qué ser perdonable.
4.- Y por último, y aquí viene la reflexión final: España fue uno de los mayores Imperios sobre la faz de la Tierra, es un hecho. Pocos imperios extendieron una hegemonía tan absoluta sobre dos continentes, tan lejanos entre ellos y con formas de navegación tan rudimentarias. El s. XVI fue nuestro: Pavía (el último rey de Francia en ser capturado en un campo de batalla; de hecho, el último rey de Francia que se acercó a uno, por si acaso), Mühlberg (toda una lección de logística bélica dada por los españoles a los protestantes germanos), San Quintín (que abrió un período de caos y guerras civiles en Francia) y Lepanto (la mayor batalla naval de la historia del Mediterráneo, y una de las mayores de todos los tiempos, con más de 450 barcos y 100.000 hombres involucrados, entre marineros, soldados y galeotes, que se saldó con la pérdida por parte turca de 200 barcos, el 80% de su flota, y 25.000 hombres, y la libertad de 13.000 galeotes cristianos, casi la misma cifra de bajas cristianas; por cierto, eso se hizo cuando los turcos eran una potencia; Francia e Inglaterra atacaron a Turkía cuando ésta ya era “el hombre enfermo de Europa”; ¿resultado? Desastres de Dardanelos y Gallípolis) lo prueban. En el s. XVII perdimos la hegemonía europea, pero hicieron falta 5 países enemigos para quitárnosla: Dinamarca, Suecia (estos dos quedaron pronto fuera de combate, y si hubiéramos tenido una flota en el Mar Báltico, como deseaba Olivares, habríamos tomado Copenhague; en cuanto a los suecos, Nordlingen fue la última gran victoria de los tercios españoles), Inglaterra (primera aportación a la historia europea, bienvenidos), Francia (instigadora desde la barrera al principio; luego, Richelieu vio que si querías que algo se hiciera, tenías que hacerlo tú mismo; que se joda, murió antes de la derrota española en Rocroi) y, por supuesto, Holanda, (los únicos tíos con un par de huevos del asunto, siempre luchando por su independencia, primero contra españoles, y luego contra franceses e ingleses; y las holandesas, encima, son unas tías estupendas). Pero cuidado, pese a perder la hegemonía, España estuvo en primera línea de la Historia de Europa hasta finales del s. XVIII, es decir, hasta que nuestros Borbones comenzaron a mostrar síntomas de estupidez galopante (Carlos IV y descendencia). Así, durante el resto del s. XVII y el s. XVIII estuvimos en todas las coaliciones en las que había que estar, ganando o perdiendo, pero estando. Sólo voy a apuntar dos hechos: en la Guerra de Sucesión Española, Luis XIV fue derrotado en todos los frentes europeos por la Coalición, excepto en Castilla, donde fueron derrotadas constantemente las fuerzas inglesas, holandesas y portuguesas (Almansa y Villaviciosa, de las pocas veces en que ejércitos extranjeros combatieron en suelo español); en Cartagena de Indias, en una de las muchas guerras coloniales contra Inglaterra en el s. XVIII, la mayor expedición militar británica hasta la fecha, mayor que la Armada Invencible, sufrió un desastre sin precedentes a manos de una simple guarnición, y eso que hubo buen tiempo, los ingleses consiguieron desembarcar, y se trataba simplemente de tomar (es decir, saquear) una ciudad, y no de conquistar un país.
A partir de Trafalgar y las abdicaciones de Bayona, el estado español dejó de estar a la altura de las otras potencias europeas, si bien durante la ocupación francesa apareció un interesantísimo fenómeno de unidad nacional sin Estado, que debería estar siendo estudiado y explicado constantemente por todos los profesionales de la Historia Contemporánea (si no fueran éstos comunistas interesados únicamente en hacer apologías del Frente Popular y la Revolución Socialista). En todo caso, dicho fenómeno le costó al Emperador un cuarto de millón de bajas, y sería la última vez que otro país nos invadiera (otros no pueden presumir de lo mismo, no haber sido invadidos en los últimos 200 años; es más, ningún país europeo puede decirlo; excepto, claro, Portugal y Suiza, por motivos obvios). Sin embargo, y pese a tener una historia por tanto intachable en aquellos siglos, al estar fuera de los frentes culturales europeos desde entonces, son nuestros enemigos de entonces, los países que no tenían ni media hostia en el s. XVI, pero que ahora son potencias (bueno, Francia e Inglaterra potencias bélicas después de 1918, y culturales a partir de la década de 1980, es un decir) los que marcan la historia europea, y lo hacen contra España, en un ejercicio repugnante de chauvinismo y envidia. El sitio de España es Europa, y la forma de estar en Europa es exponer nuestra grandeza sin complejos ni paletismos, y despreciar a los que no toquen los cojones, y si hay que restregarle al otro sus agresiones a los derechos humanos, pues se hace, que aquí todos tenemos Historia.
Voy a concluir con una frase del mayor filósofo español, Ortega y Gasset: “Como buen francés, Stendhal era superficial en el momento en el que empezaba a hablar en general”. Puede usted aplicarse el cuento, Monsieur le President.
Voy a dedicar estas líneas a los desafortunados comentarios del Presidente de la República Francesa, Jacques Chirac, en un libro de entrevistas, en el que afirmaba que habían sido los vikingos quienes descubrieron América, y que los españoles sólo la habían destruido, negándose, por tanto, a tomar parte en las conmemoraciones de la Hispanidad. Sobre esto tengo cuatro cosas que decir:
1.- Ciertamente, nada de lo hecho en el s. XVI se hizo con arreglo a los Derechos Humanos. El s. XVI europeo es un período de guerras de religión y de caza de brujas, y miles y miles de personas fueron torturadas y asesinadas por cuestiones de fe o superstición. En el caso de España, donde los brotes protestantes fueron rápidamente eliminados cuando aún contaban con pocos miembros, y donde la Inquisición no creía en brujas (manifestándose más civilizada que sus homólogos europeos), fueron judíos y moriscos quienes llenaron mazmorras, galeras y hogueras. No seré yo, por tanto, quien niegue que los mismos hombres que lucharon en Granada e Italia, al ir a América destruyeron una serie de interesantísimas civilizaciones (con costumbres tan humanitarias como arrancarle el corazón a la gente, esclavizarla y comérsela, pero eso es otra historia; gracias de todas formas, Mel Gibson), causando la muerte de millones de personas en enfrentamientos, esclavizándolas en las minas, o transmitiéndoles enfermedades antes desconocidas en el nuevo continente. España hizo esto, sí, cuando nadie respetaba el derecho a la vida y libertad de las personas. Aunque también podríamos apuntar que Francia, siglo y medio después de concebir la Declaración de los Derechos del Hombre y del ciudadano, y pocos años después de firmar la Carta de las Naciones Unidas y los Derechos Humanos, torturó y asesinó a un cuarto de millón de personas que luchaban por su libertad e independencia en Argelia, concibieron unos salvajes métodos de interrogatorio contraterrorista que posteriormente exportaron a las dictaduras latinoamericanas (por cierto, el concepto de América Latina es una invención francesa para anular “Hispanoamérica”, y de alguna manera meterse ellos en el ajo)
2.- Pero, a estas alturas de la película, lo de que los vikingos descubrieron América (que una cosa es llegar a un sitio, y otra es abrir una ruta para todo el mundo y cambiar la historia de un continente) es una boutade digna del Código da Vinci: Y negar el hecho de que los viajes de Colón, la apertura de las rutas atlánticas hacia el Oeste y el Tratado de Tordesillas, supuso uno de los hechos que más cambiaron la Historia mundial, alterando radicalmente la evolución de un continente entero, para bien o para mal, negar esto, continúo, supone un acto de envidia histórica como colmo de la ignorancia.
3.- A veces, un gobernante, cuando tiene muchos años (sin llegar a usar la expresión “demencia senil”, como hizo el alcalde de Palos, Huelva, del PP) y, sobre todo, cuando está con el agua al cuello a nivel nacional, internacional, y de su propio partido (ese Sarko), pues dice cosas poco finas. Es comprensible, aunque no tiene por qué ser perdonable.
4.- Y por último, y aquí viene la reflexión final: España fue uno de los mayores Imperios sobre la faz de la Tierra, es un hecho. Pocos imperios extendieron una hegemonía tan absoluta sobre dos continentes, tan lejanos entre ellos y con formas de navegación tan rudimentarias. El s. XVI fue nuestro: Pavía (el último rey de Francia en ser capturado en un campo de batalla; de hecho, el último rey de Francia que se acercó a uno, por si acaso), Mühlberg (toda una lección de logística bélica dada por los españoles a los protestantes germanos), San Quintín (que abrió un período de caos y guerras civiles en Francia) y Lepanto (la mayor batalla naval de la historia del Mediterráneo, y una de las mayores de todos los tiempos, con más de 450 barcos y 100.000 hombres involucrados, entre marineros, soldados y galeotes, que se saldó con la pérdida por parte turca de 200 barcos, el 80% de su flota, y 25.000 hombres, y la libertad de 13.000 galeotes cristianos, casi la misma cifra de bajas cristianas; por cierto, eso se hizo cuando los turcos eran una potencia; Francia e Inglaterra atacaron a Turkía cuando ésta ya era “el hombre enfermo de Europa”; ¿resultado? Desastres de Dardanelos y Gallípolis) lo prueban. En el s. XVII perdimos la hegemonía europea, pero hicieron falta 5 países enemigos para quitárnosla: Dinamarca, Suecia (estos dos quedaron pronto fuera de combate, y si hubiéramos tenido una flota en el Mar Báltico, como deseaba Olivares, habríamos tomado Copenhague; en cuanto a los suecos, Nordlingen fue la última gran victoria de los tercios españoles), Inglaterra (primera aportación a la historia europea, bienvenidos), Francia (instigadora desde la barrera al principio; luego, Richelieu vio que si querías que algo se hiciera, tenías que hacerlo tú mismo; que se joda, murió antes de la derrota española en Rocroi) y, por supuesto, Holanda, (los únicos tíos con un par de huevos del asunto, siempre luchando por su independencia, primero contra españoles, y luego contra franceses e ingleses; y las holandesas, encima, son unas tías estupendas). Pero cuidado, pese a perder la hegemonía, España estuvo en primera línea de la Historia de Europa hasta finales del s. XVIII, es decir, hasta que nuestros Borbones comenzaron a mostrar síntomas de estupidez galopante (Carlos IV y descendencia). Así, durante el resto del s. XVII y el s. XVIII estuvimos en todas las coaliciones en las que había que estar, ganando o perdiendo, pero estando. Sólo voy a apuntar dos hechos: en la Guerra de Sucesión Española, Luis XIV fue derrotado en todos los frentes europeos por la Coalición, excepto en Castilla, donde fueron derrotadas constantemente las fuerzas inglesas, holandesas y portuguesas (Almansa y Villaviciosa, de las pocas veces en que ejércitos extranjeros combatieron en suelo español); en Cartagena de Indias, en una de las muchas guerras coloniales contra Inglaterra en el s. XVIII, la mayor expedición militar británica hasta la fecha, mayor que la Armada Invencible, sufrió un desastre sin precedentes a manos de una simple guarnición, y eso que hubo buen tiempo, los ingleses consiguieron desembarcar, y se trataba simplemente de tomar (es decir, saquear) una ciudad, y no de conquistar un país.
A partir de Trafalgar y las abdicaciones de Bayona, el estado español dejó de estar a la altura de las otras potencias europeas, si bien durante la ocupación francesa apareció un interesantísimo fenómeno de unidad nacional sin Estado, que debería estar siendo estudiado y explicado constantemente por todos los profesionales de la Historia Contemporánea (si no fueran éstos comunistas interesados únicamente en hacer apologías del Frente Popular y la Revolución Socialista). En todo caso, dicho fenómeno le costó al Emperador un cuarto de millón de bajas, y sería la última vez que otro país nos invadiera (otros no pueden presumir de lo mismo, no haber sido invadidos en los últimos 200 años; es más, ningún país europeo puede decirlo; excepto, claro, Portugal y Suiza, por motivos obvios). Sin embargo, y pese a tener una historia por tanto intachable en aquellos siglos, al estar fuera de los frentes culturales europeos desde entonces, son nuestros enemigos de entonces, los países que no tenían ni media hostia en el s. XVI, pero que ahora son potencias (bueno, Francia e Inglaterra potencias bélicas después de 1918, y culturales a partir de la década de 1980, es un decir) los que marcan la historia europea, y lo hacen contra España, en un ejercicio repugnante de chauvinismo y envidia. El sitio de España es Europa, y la forma de estar en Europa es exponer nuestra grandeza sin complejos ni paletismos, y despreciar a los que no toquen los cojones, y si hay que restregarle al otro sus agresiones a los derechos humanos, pues se hace, que aquí todos tenemos Historia.
Voy a concluir con una frase del mayor filósofo español, Ortega y Gasset: “Como buen francés, Stendhal era superficial en el momento en el que empezaba a hablar en general”. Puede usted aplicarse el cuento, Monsieur le President.
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